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Dr. Mario Enrique Sáenz, Presidente de nuestra firma  “Sáenz & Asociados”.

La economía salvadoreña terminó el año 2019 con un crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) anual de entre el 2% y 2.5%, semejante a la tendencia experimentada en los últimos años. Debe afirmarse, que en todo caso es preocupante que los altos niveles de consumo rebasen el  PIB. Esto coincide con que el monto de las remesas en dicho año superó al recibido en años anteriores, lo cual sin duda permitió que el consumo del país superara a su producto; amen que la inmensa mayoría de las empresas formales e informales se dedican a la producción de bienes de consumo.

Al terminar el año 2019 era motivo de preocupación la cuantía del saldo de la balanza comercial, ya que El Salvador es un importador neto al depender sustancialmente o en forma absoluta de bienes importados  intermedios, de capital y de consumo suntuario. El déficit fiscal, presentaba una tendencia de crecimiento, y la deuda fiscal superaba el 75% del PIB. Por otra parte, al final de año, el desempleo disfrazado presentó niveles impresionantes, contribuyendo a la existencia de una economía informal bastante importante. No obstante, el sistema formal terminó bastante fortalecido en cuanto a su liquidez, en una banca de propiedad extranjera con una alta concentración de activos y cartera, en relativamente unos pocos bancos.

Lo anterior es una síntesis muy apretada de la infraestructura económica del país, y sirve como punto de partida para recalcar los posibles efectos de una paralización de las actividades por un periodo prolongado.

Por efectos del coronavirus (COVID 19), expertos estiman un decrecimiento anual del PIB real del -2.5% para el 2020. Esas estimaciones se basan en el cierre relativamente prolongado de negocios y una paralización casi completa de lo que se reconoce como el sector informal, que resulta ser para El Salvador bastante importante, el cierre de empresas formales, que les está prohibido operar en el presente, y el temor fundado de una disminución de las remesas provenientes de los salvadoreños en el exterior, especialmente en los Estados Unidos de América.

Hay dos aspectos que se destacan en el fenómeno que se está viviendo: Por una parte, la propagación del fenómeno por los medios virtuales (redes sociales), que pone en evidencia que si bien en el pasado hubo epidemias igual de mortales, no fueron simultaneamente del conocimiento universal; y por otra parte la magnitud del cierre de la actividad económica.

En este contexto, las medidas de prevención implementadas en el país, son para ganar tiempo para prepararnos, y con más razón en El Salvador, que al igual que muchos países de América, carecen de un sistema de salud apropiado para atender una pandemia como esta. Pero el virus ahí estará y los problemas ahí estarán y los problemas son su mortalidad y su propagación y el tiempo que se vuelve exponencial. Pandemias se han tenido muchas (1918, 1957 y 2009) y pareciera que los problemas están más asociados a su propagación que a su mortandad. Por eso se requiere tiempo, y de ahí la cuarentena domiciliar decretada y el cierre de gran parte de la actividad empresarial.

Pero el tiempo del cierre debe ser prudencial. La prolongación de este puede hacer más daño que la enfermedad. La economía no es el dinero, sino el motor de la civilización que conocemos hoy. Hay héroes afuera sosteniendo esta economía para que no colapse del todo. Si el tiempo de la cuarentena se extiende mucho la economía colpsará: menos producto, menos exportaciones, menos divisas, más deuda externa, más endeudamiento interno y externo y en pocas palabras una economía más inviable que la actual.

El mensaje de fondo es un llamado a la sabiduría en el manejo de los tiempos. Paul Fontaine, economista chileno afirma al respecto, “Ojalá la cura no nos cueste más vidas que la misma enfermedad”.

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